"En muchos casos, la violencia es el producto deconstructivo de la organización cerebral; es el resultado final de una suma de injusticias"
En las etapas tempranas de la vida del ser humano, desde el vientre materno, el cerebro necesita para su desarrollo, crecimiento, diferenciación anatómica, funcional, estructural, organizativa y maduración de aportes nutricionales especialmente de proteínas de buena calidad y de hierro; ésta es la llave maestra para construir y obtener un handicap cognitivo útil para uno mismo y para la sociedad.
Al nacimiento y mucho después, el cerebro infantil también necesita, además del aporte nutricional de excelente calidad biológica, estimulación temprana y constante, afecto intenso de los padres y la familia, dignidad en la vida en común, educación.
Si estos presupuestos no se realizan adecuadamente, en tiempo y forma, los circuitos cerebrales infantiles no se desarrollan normalmente y se produce una deficiente integración estructural y funcional. Las discapacidades de origen cerebral suelen originarse mayoritariamente en la falta de aportes biopsicosociales adecuados en el momento oportuno en la evolución del ser humano.
Las condiciones deficitarias del cerebro, en estos casos, sumados a un contexto social o mejor dicho al entorno o circunstancia personal desfavorable como la marginalidad y la exclusión social, la falta de proyectos de vida con prospección, el abuso y el maltrato, a poco andar y en edades tempranas de la vida, producen disforia, desasosiego, displacer, bajo nivel de gratificación, asocialización, disfuncionalidad de actos y actitudes y violencia explícita incontrolable.
En muchos casos, la violencia es el producto deconstructivo de la organización cerebral; es el resultado final de una suma de injusticias que se edificaron a partir de las injusticias originarias a las que sometió al niño durante el proceso de su desarrollo y evolución.
La corteza frontal del cerebro administra las reacciones relativas a los valores. Las alteraciones de esta parte de nuestro cerebro transforman la personalidad individual que se torna desinhibida, con conductas morales y sociales inapropiadas, impulsividad, distractibilidad, dificultades para planificar el día de trabajo y el futuro, elegir amigos, socios y actividades. Esto lleva en forma ineluctable a la pérdida de status financiero, familiar y social. Aunque el conocimiento sobre los estándares morales y sociales fueron seguramente adecuados en su momento, estos se pierden y aparecen conductas inapropiadas, disolución de la tabla axiológica; se dejan de usar los valores sin conciencia de las consecuencias de los actos y sin sentimientos de culpa. Esta "psicopatía adquirida" o emergencia de comportamiento antisocial puede ser el resultado, entre otras cosas, de una lesión en el área frontal del cerebro. La principal función del cerebro humano es producir respuestas adaptativas a las demandas físicas y sociales que nos impone el entorno (Facundo Manes). Todos los seres humanos, en forma consciente o inconsciente, realizamos juicios morales en forma diaria y continuamente. Las áreas frontales del cerebro son claves para la conducta moral así como para la cognición social. La cognición social es una función cognitiva que procura entender y explicar cómo los pensamientos, las sensaciones y el comportamiento del individuo se ven influidos por la presencia real o imaginaria de otros. La conducta moral refiere a aspectos éticos, legales, justicia popular, creencias y normas e involucra varios procesos psicológicos como emoción y empatía (Facundo Manes) y permite justipreciar las propias emociones y entender las emociones de los otros. La corteza frontal, es idónea para administrar la cognición social y moral, porque ayuda a controlar las reacciones inmediatas a un estímulo (como un rostro o gesto) y es fundamental para la previsión de las consecuencias de un comportamiento actual en el largo plazo.
La presencia y hasta la fascinación alarmada por la violencia humana es también una constante cultural. Muchos de los jóvenes y adultos violentos traen en sus cerebros una actividad extra en un área relacionada con la recompensa y que, en estos casos, el ejercicio de actos violentos les provoca placer y un irrefrenable deseo de actuar en ese sentido (complejo amigdalino, cuerpo estriado con inactividad regulatoria inhibidora de la corteza cerebral frontal media e intersección témporoparietal). En estos casos, el desorden de conducta es un desorden mental grave que presenta un patrón duradero de violaciones de normas, reglas y leyes y es el precursor del desorden de personalidad antisocial en la etapa de adultos (ver
; Strejilevich, Leonardo; “Violencia, constante cultural I “; 9 de marzo de 2009).
Los violentos, muchos de ellos autores de muertes o lesiones graves, no se perciben a sí mismos como culpables. No terminan de asumir su responsabilidad, aun luego de haber recibido la correspondiente condena judicial. Tienen un relato "desafectivizado"; son poseedores de una sugestiva anestesia emocional que evidencia la degradación del otro como similar, como semejante. Implica un no reconocimiento del otro, que aparece como un objeto. No hay conexión con la muerte o el sufrimiento del otro. Si el otro no existe o es apenas un objeto, no es de extrañar que su destrucción no genere culpa. Los participantes en acciones violentas suelen mostrar indiferencia, impotencia o sensación de injusticia cuando son procesados porque ellos no se consideran responsables. No hay reconocimiento entre lo correcto y lo incorrecto hasta que no hay sanción. Hasta entonces toda forma de autoridad es vivida como autoritarismo; hay extrañamiento respecto de la ley; existe falta de credibilidad generalizada en la Justicia, descrédito o desautorización de las figuras representativas del poder, vaciamiento de sentido del proceso judicial y del sentido de la pena y un estar y ser ajeno respecto de los derechos, deberes y responsabilidades.
Atrapados en un circuito de violencia, ya no podemos categorizar emociones, experiencias, diferencias, valores, jerarquías y autoridad alguna; todo tiene el mismo valor o ninguno. Pueden ser gravísimos los síntomas y actos de violencia, maltrato, abuso, conductas de riesgo, sumados al consumo de bebidas alcohólicas y de sustancias tóxicas y adictivas, las dificultades en la contención y puesta de límites, las patologías actuales algunas catalogadas como trastornos neurológicos, las dificultades frente al aprendizaje y el abandono de los estudios o el trabajo, el estrés, la ansiedad, las fobias, los ataques de pánico, los problemas de sexualidad, etcétera. A esto se agrega que nuestra cultura que promueve el individualismo no facilita, justamente, el encuentro solidario entre las personas. Muchos han definido los tiempos actuales como “la era del ego” (Diana Fernández Irusta; La Nación; 17 enero 2010). De la investigación sociológica de hace unos años emerge un fenómeno muy amplio, que atraviesa toda nuestra cultura y da forma a nuevos modos de trabajar, amar y estar en el mundo. Parecería que ya no nos rigen ni el temor al castigo ni la devoción por el cumplimiento del deber: para bien o para mal, estamos regidos por el culto al cuerpo, la autorreferencia, la fascinación por el éxito individual. El estímulo permanente para la construcción de la individualidad tanto como el exhibicionismo, la insatisfacción y la soledad nos caracteriza en nuestro estar actualmente en el mundo. La violencia de todo tipo que nos agrede a diario está ligada al origen mismo de la vida del mítico Narciso, que nació fruto de una violación y que se frustró en su relación con la ninfa Eco, que estaba enamorada de él, pero que trágicamente estaba imposibilitada de establecer algún vínculo sentimental real con el tan mentado Narciso. Estamos en una sociedad que concede creciente relieve y aliento a los rasgos narcisistas con componentes de violencia, incomunicación y fascinación por la propia imagen (Christopher Lasch).
El amor y el trabajo nos educaban y capacitaban para explorar un pequeño rincón del universo y llegar a aceptarlo como es. Nuestra sociedad tiende a devaluar esos pequeños consuelos o bien a esperar demasiado de ellos. Nuestros criterios de lo que es trabajo creativo y con sentido son demasiado exaltados como para que puedan sobrevivir al desengaño. Exigimos demasiado de la vida y demasiado poco de nosotros mismos. Nos inunda la arrogancia, fantasías de éxito, poder o belleza ilimitados, sentimiento excesivo de la propia importancia, inagotable necesidad de reconocimiento, admiración y adulación, intolerancia a la crítica, dificultad para escuchar o reconocer las necesidades y sentimientos de los demás.
El individuo moderno, era un sujeto marcado por lo racional, la culpa, las prohibiciones, el deber como opuesto al placer y el trabajo como organizador de la vida cotidiana.
En los rasgos del llamado sujeto posmoderno se encuentran el culto a la originalidad, la búsqueda del placer y el mandato de ser feliz, ser bello, divertirse, poderlo todo, ser uno mismo. El Yo exacerbado, al que no le importa nada de los demás y sólo busca su propia satisfacción, ignora trágicamente que las pocas satisfacciones que los humanos podemos tener las tenemos con los otros. Las que tenemos con nosotros mismos, además de efímeras, son bastante difíciles de sostener en el tiempo. Esta inflación del Yo que hoy prolifera, en otras épocas se habría considerado falta de elegancia y de pudor, o incluso sería deplorada como un tipo de patología mental, la megalomanía que hoy suele no desentonar demasiado. En un ambiente altamente competitivo, donde priman la eficacia y la performance visible de cada uno, podría pensarse que la autoexposición se ha vuelto hasta necesaria: hay que saber venderse, posicionar al Yo como una marca, cultivar constantemente la propia imagen, conquistar la visibilidad para ser alguien. Para las ciencias sociales, el término clave es individuación. Este concepto alude a los procesos que se dieron en los últimos 20 o 30 años, ligados a la ruptura o la crisis de instituciones que antes daban un sentido a la vida social y comunitaria. La familia tradicional, la escuela, el empleo en relación de dependencia, entre otras prácticas e instituciones, tendían a priorizar el sentido de lo colectivo por sobre el sentimiento del propio Yo. En cambio, el contexto actual, está marcado por la inestabilidad y la incertidumbre a todos los niveles y lleva irremediablemente a que el acento esté puesto en el individuo y en su capacidad para tomar decisiones por su propio riesgo.
Decía Carl Wernicke traducido directamente del alemán por el Maestro de la Neurología Argentina Dr. Diego L. Outes (fallecido en Salta el 7 de agosto de 2007): “la conciencia de la personalidad abarca todo aquello que se acostumbra a comprender con el uso de la palabra y que cae en el dominio de la adquisición mental; todo aquello que primeramente se le proporciona al niño por medio de la enseñanza, la cultura y la educación a fin de que con ello se pueda formar un individuo de él”.
Es decisivo el medio social en el que crece un hombre; el ejemplo de las personas, la autoridad natural inherente a los padres del niño, la vida familiar, la educación moldea la personalidad psíquica del niño y estampa en él el sello de su futuro carácter. La conciencia de la personalidad abarca e incluye todas las características que se dan en el medio social donde el individuo creció y vivió. Las presiones ejercidas por el medio social influyen en el desarrollo de la vida anímica en dirección más o menos egoísta o altruista.
La posición que toma cada uno de nosotros en la sociedad humana en la que nos toca vivir está de acuerdo con la propia valorización de uno mismo y del mundo sobre la base de nuestra personalidad. Si somos enfermizos o estamos enfermos nuestras actitudes se explicarán como síntomas de nuestra enfermedad mental (violencia, delirio de grandeza, complejos de inferioridad, de persecución, de perjuicio…). En muchos de los casos de agresividad contra terceros y de violencia delictiva que tanto nos preocupa tras las manifestaciones de abulia, de actitudes caprichosas e irreverentes, desatención, impaciencia, terquedad, inconstancia, expresiones groseras e indecentes, violencia, regocijo con el mal ajeno…se resumen todas características de alteraciones del “yo social” (Kleist) acompañadas con seguras lesiones orgánicas del cerebro en la base de los lóbulos orbitarios.
Como se ve, la problemática de los vínculos de las personalidades individuales con el espacio social es muy compleja y necesita para su abordaje, correcto diagnóstico y planificación de tratamientos adecuados de varias miradas distintas pero relacionadas e integradas donde se expliquen aquello que decían los antiguos “natura y nurtura” o el “yo y la circunstancia”.
Conceptos como «memoria», «atención» e «inteligencia», en el uso diario, son términos que no están bien definidos y por eso resulta difícil medirlos. La inteligencia general no explica la social y la emocional. Es muy difícil también establecer el límite entre lo psíquico y lo social.
Muchas de las manifestaciones de violencia son fruto de un acto desesperado que esconde un pedido de ayuda; la intensidad emocional alterada se manifiesta muchas veces por una actitud omnipotente que ostenta provocación y minimiza la exposición al peligro o esconden un rechazo hacia uno mismo.
Es inconducente, por lo complejo y difícil, abordar en profundidad los determinismos biológicos prenatales y postnatales, los condicionamientos culturales, los tabúes, los conflictos ocasionados por simples o graves dificultades con relación a la complejidad de la perversión, la violencia y el delito.
El hombre debe inhibir la agresión violenta y vencer el miedo que se traduce en la huida. Estos aspectos (temor-agresión) mantendrán su importancia a lo largo de toda la vida humana y sólo podrán ser controlados a través de la autoafirmación, el respeto, la confiabilidad en el otro, la educación, las normas morales y jurídicas. La violencia al igual que la sexualidad queda ligada a la angustia, al terror y a la culpa de sus protagonistas.
Entre los primates superiores, la sociabilidad parece estar determinada por tres ejes fundamentales: el sexo, la defensa contra los enemigos y la búsqueda de alimentos. Los instintos que regulan la vida social animal pasan en la sociedad humana a ser transformados en pulsiones, en estructuras modeladas por leyes de interrelación humana que dan origen y son el origen de la cultura. Tendemos a sentir como natural aquello que nos es dado por la estructura sociocultural a la que pertenecemos y nos inclinamos a dar por universales aquellos valores con los que nos desarrollamos.
La violencia es destructiva, inhibitoria, inútil y dolorosa. Nadie duda del papel siniestro y abismal de la violencia en la existencia humana. Se la suele acusar de irracional, imprudente, viciosa, equivocada; puede ser innata y arrasadora, y se la oculta muchas veces hasta que explota tras un sinnúmero de máscaras que la ocultan; se recae en ella, una y otra vez.
El violento, con su fuerza corrosiva, no se alimenta de las diferencias reales sino de lo que le devuelve su percepción subjetiva, en tanto y en cuanto sólo ve lo que confirma su compulsión por dañar. Cuando las comparaciones sociales no nos favorecen, se suele construir una imagen de sí en forma sesgada al servicio de la autoestima. El violento persigue destruir a su víctima en su capacidad creadora y de goce, pues no puede soportar que un otro posea algo y él no lo posea; intenta, entonces, denigrar y hasta destruir al otro para autoafirmarse en su narcisismo (Diana Cohen Agrest).
Se establece una suerte de rencor del cual nace el deseo de venganza. Se procura destruir al objeto, "el impulso resentido no persigue destruir al objeto sino castigarlo", nutriéndose del deseo de recuperar una realidad imposible en la ilusión de un tiempo circular.
El violento no puede asumir el tiempo de su pasado vivido como injusto y su presente permanece obturado por la memoria del rencor con sus frustraciones encriptadas, resignificadas y reactivadas una y otra vez y el futuro obliterado por la pasión de la venganza. Los sentimientos hostiles son legitimados, la violencia residual se transmuta en indignación, sentimiento más apropiado y aceptable para el yo privado y público. En el extremo del espectro moral, después de acto violentos, se descubre un sentimiento tan abyecto que ni siquiera, en nuestro idioma, contamos con un término para designarlo. Schadenfreude es una palabra del idioma alemán que designa el sentimiento oculto de regocijo ante el sufrimiento o la infelicidad de otro (Diana Cohen Agrest).
Todo sentimiento humano es cultura. La violencia, como tantas otras formas del odio y el resentimiento, ha movido el mundo desde el principio de los tiempos.